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Doctor que fue trabajador agrícola crea santuarios de atención médica

FRESNO, California. – En el trayecto de 15 millas entre sus dos clínicas del Valle Central, el doctor J. Luis Bautista a menudo pasa a través de legiones de trabajadores agrícolas quienes, encorvados en los campos, recogen cebollas, melones y tomates.

La mayoría de las 30,000 visitas anuales que atiende su grupo de médicos y enfermeras en el pequeño consultorio en el centro de Fresno y en otro en la cercana ciudad rural de Sanger son estos trabajadores agrícolas. Muchos de ellos indocumentados.

El médico de 64 años tiene una visión personal de las luchas de estos trabajadores: una vez fue uno de ellos. Cuando era niño, recogía fruta junto a sus padres y nueve hermanos en el condado de Ventura. En ese entonces, la familia ganaba $4,000 al año, un poco más de $30,000 en dólares de hoy, rara vez lo suficiente para gastar en consultas médicas.

En estos días, Bautista ve que muchos trabajadores agrícolas todavía no tienen transporte, dinero o tiempo libre para tratarse lesiones, y mucho menos para buscar atención médica preventiva. Además, existe el temor creciente de quedar expuestos a las autoridades federales de inmigración si buscan tratamiento médico.

“En la escuela de medicina, me comprometí a ayudar a las personas en los campos agrícolas”, dijo Bautista. “Sé cómo se siente no tener nada, no tener dinero para ver a un médico”.

Ahora los atiende, tengan o no dinero o papeles. “Nunca les decimos no a los pacientes”, dijo.

La campaña del presidente Donald Trump se comprometió a deportar a aproximadamente 11 millones de inmigrantes que ingresaron de manera ilegal a los Estados Unidos, y ha fomentado el temor entre los trabajadores agrícolas de todo el país. Aterrorizados de quedar atrapados en estas políticas de inmigración, los trabajadores agrícolas de todo el Valle de San Joaquín sin ciudadanía estadounidense o documentos oficiales evitan conducir para ver a un médico o visitar una sala de emergencias.

Aunque la ley de California limita estrictamente la cooperación del estado con las autoridades de inmigración, algunas jurisdicciones fuera del Valle Central han decidido participar en los esfuerzos federales para detener a trabajadores indocumentados. Aquí, muchos temen que los funcionarios locales se unan pronto a la campaña, dijo Bautista.

A los trabajadores agrícolas también les preocupa que la información personal que se archiva en los consultorios pueda llegar a las autoridades federales. Y algunos temen que, si se inscriben en programas para residentes de bajos ingresos, más tarde se les niegue la residencia permanente (tarjeta verde o green card), o la ciudadanía estadounidense.

La administración Trump ha propuesto modificar una regla federal que haría más difícil para los inmigrantes legales obtener la residencia si han recibido ciertos beneficios públicos, incluidos cupones de alimentos, subsidios de vivienda y Medicaid, el programa de atención médica financiado por el gobierno para personas de bajos ingresos.

“Muchas personas no saben lo que hará el gobierno”, dijo Bautista. “Me dicen que una de las razones por las que no van al médico es por temor a que los denuncien”.

Las dos clínicas de Bautista ofrecen un refugio para los inmigrantes agobiados por estas preocupaciones. A los pacientes nunca se les pregunta sobre su estatus migratorio, y el personal ha establecido protocolos en caso que autoridades de inmigración allanen los consultorios.

“Me siento segura con él”, dijo Julia Rojas, una madre indocumentada de 45 años que ha recogido naranjas en el condado de Fresno durante dos décadas. “Es uno de los nuestros”.

Bautista acepta como pago lo que sus pacientes puedan ofrecer: cebollas, llaveros hechos a mano, huevos, incluso pollos vivos.

Cuando era niño, el doctor J. Luis Bautista recogía fruta junto a sus padres y nueve hermanos en el condado de Ventura. “Juré en la escuela de medicina que ayudaría a las personas que trabajan en los campos”, dijo.

Dan Baradat, abogado de lesiones personales de Fresno, quien ha manejado casos que involucran a trabajadores migrantes, dijo que las clínicas de Bautista son indispensables para los residentes más pobres del Valle Central. “Son personas confiables, que brindan atención a personas que de otra manera no podrían costearla”, dijo.

Las clínicas de Bautista forman parte de una red de clínicas comunitarias con apoyo federal que brindan atención a casi un millón de trabajadores agrícolas, inmigrantes y estacionales, y a sus familias, en los Estados Unidos. Sin embargo, pocos proveedores tienen una mejor conexión con la comunidad a la que sirven que Bautista, quien en 2013 fundó una organización sin fines de lucro que recauda dinero para ayudar a familias de bajos ingresos con alimentos y ropa, y otorga becas para enviar a sus hijos a la universidad.

Bautista nació en Fresno, pero fue deportado con sus padres cuando tenía solo 3 meses. Vivió en Mazatlán, México, hasta que regresó a los Estados Unidos a los 12 años.

En 1979, a los 24, estaba recogiendo limones cuando su madre llegó corriendo a los campos con la carta que decía que lo habían aceptado en la escuela de medicina. Ella siempre había luchado por la educación de sus 10 hijos.

Bautista fue al Medical College of Wisconsin en Milwaukee e hizo su residencia en medicina interna en la Universidad de Nevada-Reno.

Hoy en día, los dos hijos de Bautista también son médicos, al igual que su yerno, quien era trabajador agrícola antes de asistir a la escuela de medicina y se ha unido a la clínica. Todos saben que el temor a la deportación está afectando la salud de los trabajadores de los campos.

El doctor Ed Zuroweste, director médico y fundador de la entidad nacional Migrants Clinicians Network, dijo que una encuesta reciente de proveedores dentro de la organización subrayó estos temores.

“Lo que estamos viendo en el frente de batalla es que los trabajadores agrícolas y sus familias no asisten a sus citas regulares con la frecuencia de antes”, dijo.

Bautista dijo que muchos trabajadores agrícolas indocumentados dependen de los remedios caseros para tratar enfermedades como la diabetes y la hipertensión, muchas veces hasta que es demasiado tarde para un tratamiento médico efectivo. “Cuando veo a muchos pacientes diabéticos, sus pies ya están necróticos y tenemos que amputar”, dijo Bautista. “Es algo terrible de ver”.

José Jiménez, un ex trabajador agrícola, dijo que su padre, quien no está legalmente en este país, tenía demasiado miedo de conducir a la oficina de Bautista, incluso después de desarrollar signos de melanoma en la cara. Los temores de su padre aumentaron el año pasado luego de la muerte de una pareja indocumentada, padres de seis hijos, cuya camioneta volcó mientras huían de los oficiales de inmigración federales en las cercanías de Delano.

“Tenía hasta miedo de conducir al supermercado”, contó Jiménez, de 30 años. “Sabía que, si se lo llevaban, lo deportarían. Para una familia unida como la nuestra, eso significaría perder todo”. Pero Jiménez finalmente convenció a su padre para que visitara a Bautista.

Las clínicas de Bautista están en alerta contra los funcionarios de inmigración de los Estados Unidos, conocidos en esta comunidad como “la migra”.

A los oficiales que solicitan registros se les pide una orden judicial, y los miembros del personal están atentos a intrusos. “Para cuando los oficiales de ICE entraran a la oficina”, dijo Bautista, “tendríamos gente escondida en los baños”.

Julia Rojas dijo que su miedo a la deportación casi la mata. Hace años, antes que empezara a ver a Bautista, decidió ignorar un dolor penetrante que sentía en la parte inferior de su abdomen. En Estados Unidos, sin papeles y con miedo de conducir, pasó casi un día bebiendo agua caliente con hojas de menta, un remedio que su madre usaba para el dolor de estómago en México.

Pero cuando los espasmos se volvieron insoportables, finalmente fue a la sala de emergencias más cercana, donde los médicos le extirparon la vesícula biliar. “Entre los trabajadores indocumentados en los campos, tenemos una broma siniestra”, dijo Rojas. “Aquí puedes sobrevivir. Pero no te enfermes”.

Esta historia de KHN fue publicada primero por California Healthline, un servicio de la California Health Care Foundation.

Pacientes sin nombre: cuando el personal del hospital tiene que ser detective

El hombre de 50 años con la cabeza rapada y los ojos marrones no reaccionó cuando los paramédicos lo llevaron a la sala de emergencias. Sus bolsillos estaban vacíos: ni billetera, ni teléfono, ni un solo trozo de papel que pudiera revelar su identidad a las enfermeras y médicos que estaban tratando de salvarle la vida. Su cuerpo no tenía cicatrices ni tatuajes distintivos.

Casi dos años después de ser atropellado por un automóvil en el ajetreado bulevar de Santa Mónica, en enero de 2017, y de que lo transportaran a Los Ángeles County + USC Medical Center con una lesión cerebral devastadora, nadie había venido a buscarlo o lo había reportado como desaparecido. El hombre murió en el hospital, todavía sin nombre.

El personal del hospital a veces debe actuar como detective cuando un paciente sin identificación llega para recibir atención. Establecer la identidad ayuda a evitar los riesgos que pueden conllevar realizar tratamientos sin conocer el historial médico del paciente. Y se esfuerzan por encontrar parientes cercanos para ayudar a tomar decisiones médicas.

“Buscamos a alguien que pueda tomar decisiones, una persona que pueda ayudarnos”, dijo Jan Crary, trabajadora social clínica supervisora ​​en L.A. County + USC: con frecuencia convocan a su equipo para identificar a pacientes sin nombre.

El hospital también necesita un nombre para cobrar el pago de un seguro privado o programas de salud del gobierno como Medicaid o Medicare.

Pero las leyes federales de privacidad pueden hacer que descubrir la identidad de un paciente sea un desafío para el personal de los hospitales de todo el país.

En L.A. County + USC, los trabajadores sociales revisan las pertenencias y la ropa del paciente, sus teléfonos celulares si no tienen contraseña, buscando nombres y números de familiares y amigos, y revisan recibos o pedazos de papel arrugados en busca de cualquier rastro de la identidad del paciente. Hacen preguntas a los paramédicos que lo trajeron o a los operadores del 911 que atendieron la llamada.

También toman nota de los tatuajes y piercings, e incluso intentan rastrear los registros dentales. Es más difícil chequear las huellas dactilares, porque eso se hace a través de la aplicación de la ley, que se involucrará solo si el caso tiene un costado criminal, dijo Crary.

A menudo, los pacientes no identificados son peatones o ciclistas que dejaron sus identificaciones en casa y fueron arrollados por vehículos, agregó Crary. También pueden ser personas con deterioro cognitivo grave, como Alzheimer, pacientes en estado psicótico o usuarios de drogas que sufrieron una sobredosis. Los pacientes más difíciles de identificar son aquellos que están socialmente aislados, incluidas las personas sin hogar, cuyas admisiones en hospitales han aumentado considerablemente en los últimos años.

Lenh Vuong, trabajadora clínica social de Los Angeles County+USC Medical Center, visita a un paciente que ingresó sin nombre y que recientemente fue identificado. ((Heidi de Marco/KHN))

En los últimos tres años, el número de pacientes que llegaron sin identificación a L.A. County + USC aumentó de 1.131 en 2016 a 1.176 en 2018, según datos proporcionados por el hospital.

Si un paciente permanece sin identificar por mucho tiempo, el personal del hospital inventará una identificación, generalmente comenzando con la letra “M” o “F” para el género, seguido de un número y un nombre al azar, dijo Crary.

Otros hospitales recurren a tácticas similares para facilitar la facturación y el tratamiento. En Nevada, los hospitales tienen un sistema electrónico que asigna a los pacientes no identificados un “alias de trauma”, dijo Christopher Lake, director ejecutivo de resiliencia comunitaria en la Asociación de Hospitales de Nevada.

El tiroteo en un concierto de Las Vegas en octubre de 2017 representó un desafío para los hospitales locales que intentaron identificar a las víctimas. La mayoría de los asistentes al concierto llevaban muñequeras con chips escaneables que contenían sus nombres y números de tarjetas de crédito para poder comprar cerveza y recuerdos. En la noche del tiroteo, el último día de un evento de tres días, muchos se sentían tan cómodos con las pulseras que no llevaban carteras ni billeteras.

Esa noche, más de 800 personas resultaron heridas y fueron trasladadas a numerosos hospitales, ninguno de los cuales estaba equipado con dispositivos para escanear las pulseras. El personal de los hospitales trabajó para identificar a los pacientes por sus tatuajes, cicatrices u otras características distintivas, y por fotografías en las redes sociales, dijo Lake. Pero fue una batalla, especialmente para los hospitales más pequeños, agregó.

Jan Crary, trabajadora social clínica supervisora ​​en L.A. County + USC, lidera un equipo que muchas veces tiene que jugar el papel de detective cuando no se puede identificar a un paciente.((Heidi de Marco/KHN))

La Ley federal de responsabilidad y portabilidad del seguro de salud (HIPAA, por sus siglas en inglés), destinada a garantizar la privacidad de los datos médicos personales, a veces puede hacer que la identificación sea más ardua porque es posible que un hospital no quiera divulgar información sobre pacientes no identificados a personas que indagan sobre personas desaparecidas.

En 2016, un hombre con Alzheimer fue ingresado en un hospital de Nueva York a través de la emergencia como paciente no identificado y se le asignó el nombre de “Trauma XXX”.

La policía y miembros de la familia preguntaron por él en el hospital varias veces, pero le decían que no estaba allí. Después de una semana, durante la cual cientos de amigos, familiares y agentes de la ley buscaron al hombre, un médico que trabajaba en el hospital vio una noticia sobre él en la televisión y se dio cuenta que era el paciente no identificado.

Más tarde, los funcionarios del hospital le dijeron al hijo de este hombre que, debido a que no había preguntado explícitamente por “Trauma XXX”, no pudieron darle información que pudiera haberlo ayudado a identificar a su padre.

A raíz de esa confusión, el Centro de Información para Personas Desaparecidas del estado de Nueva York elaboró ​​un conjunto de pautas para los administradores de hospitales que reciben solicitudes de información sobre personas desaparecidas de la policía o miembros de la familia.

Estas pautas incluyen aproximadamente dos docenas de pasos que deben seguir los hospitales, que incluyen la notificación a la recepción, la introducción de descripciones físicas detalladas en una base de datos, tomar muestras de ADN y el seguimiento de correos electrónicos y faxes sobre personas desaparecidas.

Las pautas de California estipulan que, si un paciente no está identificado y tiene incapacidades cognitivas, “el hospital puede revelar solo la información mínima necesaria que sea directamente relevante para ubicar a los familiares del paciente, si esto es por el mejor interés del paciente”.

En L.A. County + USC, la mayoría de los pacientes sin nombre se identifican rápidamente: o bien recuperan el conocimiento o, como en la mayoría de los casos, amigos o familiares llaman para preguntar por ellos, dijo Crary.

Aun así, el hospital no siempre tiene éxito. De 2016 hasta 2018, 10 personas sin nombre permanecieron sin identificar durante sus estadías en L.A. County + USC. Algunos murieron en el hospital; y otros fueron a hogares de adultos mayores con nombres inventados.

Pero Crary dijo que ella y su equipo agotan todas las vías en busca de una identidad.

Una vez, un hombre mayor, no identificado y de aspecto distinguido, con una barba recortada con pulcritud, fue llevado a la sala de urgencias delirando, con lo que luego se diagnosticó como encefalitis, y con incapacidad para hablar.

Siguiendo la corazonada de que este hombre tan distinguido debía tener a alguien que lo estaba buscando, Crary consultó con las estaciones de policía en el área. Lo que descubrió es que el hombre era buscado en varios estados por agresión sexual.

“Es un caso que nunca olvidaré”, agregó Crary. “La verdad es que estoy más feliz cuando podemos identificar a un paciente y ubicar a la familia para tener una hermosa reunificación, en vez de encontrar a un criminal”.