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¿Viajas para el Día de Acción de Gracias? Deberás atravesar la barrera de COVID

Molly Wiese estaba perpleja. Sus padres y hermanos viven en el sur de California, y Wiese, abogada de 35 años, ha viajado cada Navidad desde que se mudó a Minnesota en 2007.

Por la pandemia, Wiese pensó que esta vez sería más prudente quedarse. Pero en junio, el padre de Wiese fue diagnosticado con cáncer en estadio 4 y la familia teme que éstas sean sus últimas fiestas.

¿Debería volar con su esposo y sus dos hijos pequeños a California, poniendo a su padre inmunodeprimido en riesgo de COVID-19? ¿O quedarse en casa y perderse la oportunidad de crear recuerdos de estas fiestas?

Sus hijos están en la guardería y el marido de Wiese trabaja en una escuela. No tienen suficiente tiempo de vacaciones para ponerse en cuarentena antes o después de un vuelo, y conducir ocho días de ida y vuelta está fuera de discusión.

Teme transmitirle el coronavirus a su padre. Pero sus padres, que viven en la ciudad de Yucaipa de Inland Empire, creen que vale la pena correr el riesgo de ver a sus nietos y tener “nuestra Navidad normal”, contó Wiese.

“Idealmente, tendríamos una vacuna”, dijo. “Pero no creo que sea una expectativa realista”. Pfizer, el aparente líder en la carrera para una vacuna contra COVID, dice que ni siquiera estará listo para solicitar la aprobación hasta fines de noviembre, como muy pronto.

El padre de Molly Wiese tiene cáncer avanzado y Wiese teme que ésta sea su última temporada de fiestas. Pero duda en viajar al sur de California para visitar a su familia, por temor de ponerlo en riesgo de contraer COVID. De izquierda a derecha: Molly Wiese, su hijo Calvin, su esposo Phil Wiese, su hijo Bennett, y sus padres, Becky y Bill Miller.

Si bien el enigma de Wiese es especialmente importante, su historia ilustra la difícil decisión a la que se enfrentan millones de estadounidenses sobre si viajar o no durante las vacaciones de invierno, y cómo hacerlo.

La mejor forma de evitar la propagación de enfermedades sería evitar los viajes o ampliar los círculos sociales. Para las celebraciones locales, la cuarentena durante dos semanas antes de un evento festivo minimizaría el riesgo, pero solo si todos los comensales se comprometieran a seguirla. Pero algunas personas tienen que trabajar fuera de casa.

Después de al menos siete meses de estar prácticamente encerrados, las vacaciones de invierno representan una tentación casi insuperable. Incluso expertos en salud pública y enfermedades infecciosas reconocen el dilema.

“Hay mucho que ganar con el contacto físico, en la misma sala y no en una pantalla de Zoom o FaceTime”, dijo el doctor Peter Chin-Hong, especialista en enfermedades infecciosas y profesor de medicina en la Universidad de California-San Francisco.

El doctor Anthony Fauci, la autoridad nacional en enfermedades infecciosas en los Institutos Nacionales de Salud, no es inmune al problema. El 13 de octubre, le dijo a “The World” que él y sus tres hijas adultas, que viven en distintos estados, todavía estaban decidiendo si estar juntos “valdría la pena”.

Al día siguiente, Fauci le dijo a “CBS Evening News” que la reunión de Acción de Gracias de su familia estaba cancelada, dados los riesgos que plantean los vuelos. “Puede que tenga que sacrificar esa reunión social, a menos que esté bastante seguro de que las personas con las que está tratando no están infectadas”, dijo.

El doctor Robert Redfield, director de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC), y la doctora Deborah Birx, coordinadora del equipo de respuesta a COVID de la administración Trump, advirtieron que las reuniones de Thanksgiving podrían propagar el virus.

En California, funcionarios de salud pública están adoptando un enfoque de “reducción de daño”: no están fomentando las reuniones de varias familias, pero han emitido pautas para hacer que las reuniones sean más seguras si se realizan al aire libre y duran menos de dos horas.

Funcionarios del condado de Los Ángeles, que ha visto un aumento en las tasas de transmisión en las últimas semanas, publicaron una guía similar, reconociendo que las personas separadas de sus seres queridos durante meses anhelan cada vez más ese contacto.

“Estamos tratando de encontrar un balance, pero creo que es apropiado que intentemos llevar a cabo algunas de las actividades que la gente está desesperada por poder hacer, con total apego a la guía”, dijo Barbara Ferrer, directora de del departamento de salud pública del condado, en una conferencia de prensa el 14 de octubre.

En todo el mundo, los feriados nacionales han impulsado la propagación de COVID-19 de manera explosiva. En China, donde comenzó la pandemia, se estima que 5 millones de personas que viajaban por el Año Nuevo chino abandonaron Wuhan, el epicentro del brote, antes de que se promulgara una prohibición de viajar.

En Irán, la pandemia se impulsó por Nowruz, una celebración de primavera de dos semanas durante la que viajan millones. En Israel, las fiestas y reuniones religiosas de Purim provocaron una transmisión generalizada a fines de marzo.

Las celebraciones de Memorial Day, el 4 de julio y el Día del Trabajo impulsaron aumentos repentinos de casos en los Estados Unidos, por eso el Día de Acción de Gracias asusta a los funcionarios de salud pública.

El año pasado, viajaron más de 55 millones de personas durante los días que rodearon ese cuarto jueves de noviembre.

Sin embargo, funcionarios de todo el país están siendo suaves cuando se trata de advertencias.

En Minnesota, donde vive Wiese y los casos están alcanzando niveles récord, funcionarios instan al público a evitar las tiendas abarrotadas y las grandes reuniones en interiores con varias familias.

Pero dicen que las cenas de Acción de Gracias al aire libre con amigos y familiares locales son menos riesgosas. Su guía no explica cómo tolerar un Día de Acción de Gracias al aire libre en Minnesota. La temperatura máxima promedio en Minneapolis el 26 de noviembre es de 33 grados.

Michael Osterholm, director del Centro de Investigación y Política de Enfermedades Infecciosas de la Universidad de Minnesota, dice “paremos un poco”.

Osterholm explicó que si no puedes ponerte en cuarentena durante 10 a 14 días antes del evento, es decir, sin contacto con personas además de los miembros de tu hogar que también están en cuarentena, no vayas a la cena de Acción de Gracias en otra casa: el estado ya ha visto demasiados ejemplos de personas vulnerables que se enferman y mueren después de asistir a bodas, funerales y cumpleaños.

“Que este sea tu año COVID”, dijo Osterholm. “Es un año muy desafiante, pero no quieres introducir este virus en entornos familiares y experimentar las consecuencias”.

Osterholm y su pareja pasarán el Día de Acción de Gracias y la Navidad sin familiares, a pesar de que sus hijos y nietos son todos locales. Debido a que todos sus nietos están en la guardería o en la escuela, no hay suficiente tiempo para que sus familias se pongan en cuarentena antes de disfrutar juntos de una comida navideña.

Sintió empatía con la difícil situación de Wiese. Si decide volar a California, dijo, debería acuartelar a su familia lo más posible durante 10 días antes, y luego no pasar más de dos días con su padre.

“Incluso si se infectara, no sería más contagiosa hasta probablemente el tercer día”, dijo. “Entonces, si ella pasa esos dos días con él, puede sentirse relativamente bien por el hecho de que no los puso en riesgo”.

Para aquellos que viajan, conducir es mucho más seguro que volar porque los conductores pueden estar aislados en un compartimento doméstico y evitar la exposición al coronavirus renunciando a los restaurantes y desinfectando las manijas del baño y la bomba de gasolina antes de tocarlos.

El doctor Iahn Gonsenhauser, director de calidad y seguridad del paciente del Centro Médico Wexner de la Universidad Estatal de Ohio, dijo que planea conducir con su familia, pasando la noche en un hotel en el camino, para pasar el Día de Acción de Gracias con la familia de su hermana en Colorado.

Él y su familia se mantienen aislados y trabajan desde casa tanto como sea posible, dejando la casa solo para compras y mandados básicos mientras evitan restaurantes y centros comerciales, dijo. Si alguien en cualquiera de las familias comenzara a mostrar síntomas de COVID, o confirmara la exposición a una persona con COVID positivo, todo el viaje se cancelaría instantáneamente.

“Es por eso que hacemos todos los planes con una reserva reembolsable”, dijo. “Si las personas no tienen forma de salirse de sus reservas, están más inclinadas a tomar un riesgo aparente”.

Chin-Hong ofreció este consejo para los viajeros de vacaciones: házte la prueba antes del vuelo para tu tranquilidad, compra boletos en un avión que deje los asientos del medio vacíos, usa máscaras N95 altamente protectoras y escudos faciales, y coloca las rejillas de ventilación individuales del avión directamente sobre cada miembro de la familia para romper las posibles partículas de virus. Y, por supuesto, lávate las manos con frecuencia.

Chin-Hong está adoptando ese enfoque en un viaje familiar planificado a la ciudad de Nueva York para visitar a su madre, que tiene más de 80 años y quiere ver a su hijo, nuera y nietos. Cada visita podría ser la última, dijo Chin-Hong.

“Para mí, la relación riesgo-beneficio apoya la idea ir a verla”.

Después de escuchar los consejos de Chin-Hong y otros expertos en enfermedades infecciosas, Wiese decidió el fin de semana pasado comprar boletos de avión para visitar a sus padres.

“Realmente nos ayudó a tomar una decisión que me estaba dando mucha ansiedad”, expresó.

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“Todo lo que quieres es que te crean”: el prejuicio inconciente en la atención de salud

A mediados de marzo, Karla Monterroso voló a su casa en Alameda, California, después de una excursión al Parque Nacional Zion de Utah. Cuatro días después, comenzó a tener una tos seca y fuerte. Sentía los pulmones pegajosos.

La fiebre durante esas semanas por momentos subía tanto (100,4, 101,2, 101,7, 102,3) que, en la peor de las noches, tenía que estar bajo una ducha de agua helada, para intentar bajarla.

“Esa noche había escrito en un diario cartas a todas las personas cercanas, lo que quería que supieran si me moría”, recordó.

Al mes, surgieron nuevos síntomas: dolores de cabeza y calambres punzantes en las piernas y el abdomen que le hicieron pensar que podía estar en riesgo de tener coágulos de sangre y accidentes cerebrovasculares, complicaciones que habían informado otros pacientes con COVID-19 en sus 30 años.

Aún así, no estaba segura de si debía ir al hospital.

“Como mujeres de color, te cuestionan mucho tus emociones y la realidad de tu estado físico. Te dicen que exageras”, dijo Monterroso, quien es latina. “Así que tenía ese extraño sentimiento de ‘no quiero usar los recursos para nada’”.

Fueron necesarios cuatro amigos para convencerla de que tenia que llamar al 911.

Lo que pasó en la sala de emergencias del Hospital Alameda confirmó sus peores temores.

Monterroso dijo que durante casi toda su visita, los proveedores de salud ignoraron sus síntomas y preocupaciones. ¿La presión arterial está baja? Esa es una lectura falsa. ¿Sus niveles cíclicos de oxígeno? La máquina está mal. ¿Los dolores punzantes en la pierna? Probablemente solo sea un quiste.

“El médico entró y dijo: ‘No creo que esté pasando mucho aquí. Creo que podemos enviarte a casa’”, recordó Monterroso.

Su experiencia, razona, son parte de por qué las personas de color se ven afectadas de manera desproporcionada por el coronavirus. No es simplemente porque es más probable que tengan trabajos de primera línea que los exponen más, y las condiciones subyacentes que empeoran COVID-19.

“Eso es parte de ello, pero la otra parte es la falta de valor que la gente le da a nuestras vidas”, escribió Monterroso en Twitter detallando su experiencia.

Investigaciones muestran cómo el prejuicio inconsciente de los médicos afecta la atención que reciben las personas. Los pacientes latinos (que pueden ser de cualquier raza) y los afroamericanos suelen ser menos propensos a recibir analgésicos o a ser referidos para atención avanzada que los pacientes blancos no hispanos con las mismas quejas o síntomas. Y es más probable que las mujeres mueran en el parto por causas prevenibles.

Ese día de mayo, en el hospital, Monterroso se sentía mareada y tenía problemas para comunicarse, por lo que estaban con ella en el teléfono para ayudarla una amiga y la prima de su amiga, que es enfermera especializada en cardiología. Las dos mujeres comenzaron a hacer preguntas: ¿Qué pasa con la frecuencia cardíaca acelerada de Karla? ¿Sus bajos niveles de oxígeno? ¿Por qué sus labios están azules?

El médico salió de la habitación. Se negó a atender a Monterroso mientras sus amigas estaban al teléfono, dijo, y cuando regresó, de lo único que quería hablar era del tono de Monterroso y el tono de sus amigos.

“La implicación era que éramos insubordinadas”, dijo Monterroso.

Monterroso le dijo al médico que no quería hablar sobre su tono. Quería hablar sobre su atención médica. Estaba preocupada por posibles coágulos de sangre en su pierna y pidió una tomografía computada.

“Bueno, ya sabes, la tomografía computarizada es radiación justo al lado del tejido mamario. ¿Quieres tener cáncer de mama?”, Monterroso recuerda que le dijo el médico. “Solo me siento cómodo ordenándote esa prueba si dices que no tienes problema en tener cáncer de seno”.

Monterroso pensó para sí misma: “Trágatelo, Karla. Necesitas estar bien”. Entonces le dijo al médico: “Estoy bien con el cáncer de mama”.

Nunca ordenó la prueba.

Monterroso pidió otro médico, un abogado del hospital. Le dijeron que no. Comenzó a preocuparse por su seguridad. Quería irse. Sus amigos estaban llamando a todos los profesionales médicos que conocían para confirmar que no estaba siendo bien atendida. Vinieron a recogerla y la llevaron a la Universidad de California-San Francisco. El equipo le hizo un electrocardiograma, una radiografía de tórax y una tomografía computada.

“Una de las enfermeras entró y dijo: ‘Me enteré de tu terrible experiencia. Solo quiero que sepas que te creo. Y no te vamos a dejar ir hasta que sepamos que estás segura”, dijo Monterroso. “Comencé a llorar. Porque eso es todo lo que quieres: que te crean. Es realmente difícil que te cuestionen de esa manera”.

Alameda Health System, que opera el Hospital Alameda, se negó a comentar sobre los detalles del caso de Monterroso, pero dijo en un comunicado que está “profundamente comprometido con la equidad en el acceso a la atención médica” y que “brinda atención culturalmente sensible para todos”. ” Después que Monterroso presentó una queja ante el hospital, la gerencia la invitó a hablar con su personal y residentes, pero se negó.

Monterroso cree que su experiencia es un ejemplo de por qué a las personas de color les va tan mal con la pandemia.

“Porque cuando vamos a buscar atención, si nos defendemos, podemos ser tratados como insubordinados”, dijo. “Y si no nos defendemos, podemos ser tratados como invisibles”.

Sesgo inconsciente en la atención médica

Los expertos dicen que esto sucede de forma rutinaria y sin importar las intenciones o la raza del médico. Por ejemplo, el médico de Monterroso no era blanco.

Investigaciones muestran que todos los médicos, todos los seres humanos, tienen prejuicios de los que no son conscientes, explicó el doctor René Salazar, decano asistente de diversidad en la Escuela de Medicina de la Universidad de Texas-Austin.

“¿Interrogo a un hombre blanco con traje que llega luciendo como un profesional cuando pide analgésicos de la misma manera que a un hombre negro?”, se preguntó Salazar, señalando uno de sus posibles sesgos.

El prejuicio inconsciente suele aparecer en entornos de alto estrés, como las salas de emergencia, donde los médicos se encuentran bajo una tremenda presión y tienen que tomar decisiones rápidas y de gran importancia. Si se agrega una pandemia mortal, en la que la ciencia cambia día a día, las cosas pueden complicarse.

“Hay tanta incertidumbre”, dijo. “Cuando existe esta incertidumbre, siempre hay un nivel de oportunidad para que el sesgo se abra paso y tenga un impacto”.

A vehicle parked in Oakland, California, during the first weeks of the 2020 Black Lives Matter demonstrations.(April Dembosky)

Salazar solía enseñar en UCSF, donde ayudó a desarrollar una formación sobre prejuicios inconscientes para estudiantes de medicina y farmacia. Aunque docenas de escuelas de medicina están retomando la capacitación, dijo, no se realiza con tanta frecuencia en los hospitales. Incluso cuando se aborda un encuentro negativo como el de Monterroso, la intervención suele ser débil.

“¿Cómo le digo a mi médico, ‘Bueno, el paciente cree que eres racista’?”, apuntó Salazar. “Es una conversación difícil: debo tener cuidado, no quiero decir la palabra sobre la raza porque voy a presionar algunos botones complejos. Así que comienza a complicarse mucho”.

Un enfoque basado en datos

El doctor Ronald Copeland dijo que recuerda que los médicos también se resistían a estas conversaciones cuando eran estudiantes. Las sugerencias para talleres sobre sensibilidad cultural o prejuicios inconscientes recibían una reacción violenta.

“Era visto casi como un castigo. Es como, ‘Usted es un mal médico, por lo que su castigo es que tiene que ir a capacitarse’, explicó Copeland, quien es jefe de equidad, inclusión y diversidad en el sistema de salud de Kaiser Permanente. (KHN es un programa editorialmente independiente de KFF, que no está afiliado a Kaiser Permanente).

Ahora, el enfoque de Kaiser Permanente se basa en datos de encuestas a pacientes que preguntan si la persona se sintió respetada, si la comunicación fue buena y si quedó satisfecha con la experiencia.

Luego se desglosan estos datos por demografía, para ver si un médico puede obtener buenas calificaciones en respeto y empatía de los pacientes blancos no hispanos, pero no de los pacientes de raza negra.

“Si ves un patrón que evoluciona alrededor de un grupo determinado y es un patrón persistente, entonces eso te dice que hay algo que proviene de una cultura, de una etnia, de un género, algo que el grupo tiene en común, que no estás abordando, dijo Copeland. “Entonces comienza el verdadero trabajo”.

Cuando a los médicos se les presentan los datos de sus pacientes y la ciencia sobre el sesgo inconsciente, es menos probable que se resistan o nieguen, agregó. En su sistema de salud, han reformulado el objetivo de la capacitación en torno a brindar una atención de mejor calidad y obtener mejores resultados para los pacientes, por lo que los médicos quieren hacerlo.

“La gente no se inmuta”, dijo. “Están ansiosos por aprender más al respecto, especialmente sobre cómo mitigarlo”.

Todavía se siente mal

Han pasado casi seis meses desde que Monterroso se enfermó por primera vez y todavía no se siente bien.

Su frecuencia cardíaca sigue aumentando y los médicos le dijeron que podría necesitar una cirugía de vesícula para tratar los cálculos biliares que desarrolló como resultado de la deshidratación relacionada con COVID. Recientemente decidió dejar el Área de la Bahía y mudarse a Los Ángeles para poder estar más cerca de su familia durante su larga recuperación.

Rechazó la invitación del Hospital Alameda para hablar con su personal sobre su experiencias porque concluyó que no era su responsabilidad arreglar el sistema. Pero sí quiere que el sistema de salud más amplio asuma la responsabilidad del sesgo sistémico en hospitales y clínicas.

Reconoce que el Hospital Alameda es público y no tiene el tipo de recursos que tienen Kaiser Permanente y UCSF. Una auditoría reciente advirtió que el Sistema de Salud de Alameda estaba al borde de la insolvencia. Pero Monterroso es la directora ejecutiva de Code2040, una organización sin fines de lucro sobre equidad racial en el sector tecnológico e incluso para ella, dijo, se necesitó un ejército de apoyo para que la escucharan.

“El 90% de las personas que van a pasar por ese hospital no van a tener los recursos que yo tengo para enfrentarlos”, dijo. “Y si no digo lo que está sucediendo, entonces personas con muchos menos recursos van tener esta experiencia y se van a morir”.

Esta historia es parte de una asociación que incluye a KQED, NPR y KHN.

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COVID en LA: prevención en los trabajos ha salvado vidas de latinos, dicen oficiales

Funcionarios del condado de Los Angeles atribuyen la dramática disminución de casos y muertes por COVID-19 entre afroamericanos y latinos, en los últimos dos meses, a la agresiva aplicación de las normas de salud en los lugares de trabajo y a la apertura de líneas para denunciar si no se cumplen.

Ahora, los funcionarios buscan consolidar esos logros creando comités de empleados capacitados para detectar transgresiones en la prevención de COVID-19, y corregirlas o reportarlas, sin temor al despido o al castigo.

Cal/OSHA, la autoridad estatal de seguridad y salud en el trabajo, está abrumada con quejas y denuncias sobre el incumplimiento de las normas anti-COVID; y los supervisores de salud del condado —había 346 hasta el 9 de octubre— no pueden vigilar los más de 240,000 negocios de Los Angeles, según activistas.

Los comités ayudarían a evitar que Los Angeles retroceda en su esfuerzo por mitigar los casos y las disparidades raciales en el otoño, ya que es probable que más empresas vuelvan a la actividad, señaló Tia Koonse, investigadora del UCLA Labor Center y coautora de la evaluación sobre la propuesta para formar comités de empleados.

Se espera que la Junta de Supervisores del condado de Los Angeles apruebe una ordenanza este mes para que los negocios permitan que los empleados formen los comités, lo cual solucionaría los problemas de incumplimiento e informaría al departamento de salud cuando sea necesario.

Los críticos, incluyendo muchos líderes empresariales, dicen que la medida creará más burocracia en el peor momento posible para la economía. Pero grupos laborales y algunas empresas aseguran que es crucial para combatir la pandemia.

A trabajadores de diferentes partes del país se los despidió o castigó por quejarse de violaciones de seguridad relacionadas con COVID, y las leyes que los protegen no son consistentes.

“Los trabajadores tienen derecho a estar en un espacio seguro y no deben sufrir represalias” por señalar prácticas deficientes, dijo Barbara Ferrer, directora del Departamento de Salud Pública del condado de Los Angeles. Los trabajadores con bajos salarios han estado “en enorme desventaja” al tener que trabajar fuera de casa en contacto con otras personas, a menudo sin  protección suficiente, añadió Ferrer.

Durante el aumento de los casos de COVID que siguieron a las reuniones familiares del fin de semana de Memorial Day y a la apertura de negocios, los latinos (que pueden ser ser cualquier raza) en Los Angeles tenían una tasa de mortalidad cuatro veces mayor que la de los blancos no hispanos, mientras que las personas de raza negra tenían el doble de probabilidades que los blancos no hispanos de morir por la enfermedad.

Dos meses después, las tasas de mortalidad entre personas de raza negra y latinos habían disminuido a casi la mitad y se estaban acercando a la tasa de los blancos no hispanos, según los datos ajustados por edad del departamento de salud del condado.

Mientras que a finales de julio el número de latinos que daban positivo por COVID era cuatro veces mayor que el de blancos no hispanos, a mediados de septiembre los índices de casos de latinos eran sólo un 64% más altos. La tasa de positividad entre las personas de raza negra era un 60% más alta que la de los blancos a finales de julio, pero la disparidad había disminuido a mediados de septiembre.

Los expertos no saben si una política concreta es la responsable de esta disminución de muertes. Además, las tasas estatales y de los condados han disminuido para toda la población en las últimas semanas. Pero Ferrer atribuyó el progreso a que su departamento se centra en el cumplimiento de las directrices de salud en el lugar de trabajo, que incluyen reglas sobre el distanciamiento físico, proveer cubrebocas para los trabajadores y también exigir a los clientes que las usen.

“Para los que no cumplan con las directrices, en este momento podemos emitir citaciones, o hay casos en los que simplemente cerramos el lugar porque la transgresión es mayor”, explicó.

Las agudas disparidades raciales, que caracterizaron a la pandemia desde el principio, están ahora bajo mayor escrutinio ya que California se ha convertido en el primer estado que ha hecho de la “equidad en salud” un factor a la hora de permitir una reapertura ampliada.

Es posible que los condados grandes no avancen hacia la reapertura total hasta que sus vecindarios más desfavorecidos, y no sólo el condado en su conjunto, cumplan o estén por debajo de los niveles de enfermedad previstos. Los criterios obligan a los gobiernos locales a invertir más en pruebas, rastreo de contactos y educación en los barrios pobres con altos niveles de la enfermedad.

El enfoque de Ferrer en el lugar de trabajo se cristalizó durante una intervención en Los Angeles Apparel, una fábrica de ropa que se había puesto a fabricar máscaras faciales durante la pandemia. A pesar del inventario de máscaras, un brote en la fábrica resultó en al menos 300 casos, y cuatro muertes.

El departamento de salud intervino después de una denuncia de los centros de salud comunitarios que se vieron desbordados por los trabajadores enfermos de Los Angeles Apparel. El departamento cerró la fábrica el 27 de junio. Esa acción resaltó la necesidad de unir al gobierno y a los sindicatos para luchar contra la pandemia, indicó Jim Mangia, CEO de St. John’s Well Child & Family Center, una cadena de centros de salud comunitarios en el sur de L.A.

“En el St. John’s, casi todos nuestros pacientes son trabajadores pobres”, explicó Mangia. “Se contagiaban en el trabajo y lo llevaban a sus familias, y creo que intervenir en el lugar de trabajo es lo que realmente marcó la diferencia”.

Al principio de la pandemia, Ferrer también había establecido una línea de denuncia anónima para los empleados que quisieran reportar incuplimientos en el lugar de trabajo. Recibe unas 2,000 llamadas a la semana, según Ferrer. Hasta el 10 de octubre, el sitio web del departamento nombra 132 lugares de trabajo que han tenido tres o más casos confirmados de COVID-19, con un total de 2,191 positivos. Otra tabla, con fecha 7 de octubre, enumera 124 citaciones, la mayoría a gimnasios y lugares de culto, por no cumplir con una directriz de un oficial de salud.

“Afortunadamente, no somos como Cal/OSHA, en el sentido de que no nos lleva meses completar una investigación”, comentó Ferrer. “Somos capaces de movernos más rápidamente siguiendo las órdenes del oficial de salud para asegurarnos de que estamos protegiendo a los trabajadores”.

Los comités de salud pública son la siguiente fase del plan de Ferrer para mantener a los trabajadores seguros. El plan surgió de la respuesta de Overhill Farms, una factoría de alimentos congelados en Vernon, California, después de un brote de más de 20 casos y una muerte. La fábrica y su agencia de trabajo temporal fueron penalizadas con más de $200,000 en multas propuestas por Cal/OSHA en septiembre, pero antes de que llegaran las multas, la dirección de la fábrica reaccionó celebrando reuniones con los trabajadores para mejorar la seguridad.

“Encontraron que los trabajadores les ayudaron a bajar la tasa de infección y ayudaron a resolver los problemas”, dijo Roxana Tynan, directora ejecutiva de la Alianza de Los Angeles para una Nueva Economía, una organización de defensa de los trabajadores.

Si bien no es exactamente un caso que ensalce la generosidad corporativa, el cambio en Overhill Farms agregó credibilidad a los beneficios de los comités de trabajadores, señaló Koonse de UCLA.

Ninguna empresa tendría que gastar más del 0,44% de su nómina en los comités de salud, según Koonse.

Aún así, la idea ha sido recibida con división de opiniones por parte de las empresas. En una declaración del 24 de agosto, la CEO Tracy Hernández de la Federación de Negocios del Condado de Los Angeles escribió que la propuesta agregaría “programas onerosos y enrevesados que dificultarán, aún más, la capacidad de un empleador para cumplir con las demandas, recuperarse y servir adecuadamente a sus empleados y clientes”.

Pero Jim Amen, presidente de la cadena de supermercados Super A Foods, dijo que los negocios deberían dar la bienvenida a los comités, como una forma de mantener abiertas las líneas de comunicación. Tales prácticas han mantenido los índices de infección bajos en las tiendas, incluso sin un mandato, expresó Amen.

“En lo que respecta a Super A, nuestros empleados están muy involucrados en todo lo que hacemos”, añadió Amen.

Las organizaciones laborales ven a los comités como una forma crucial para que los trabajadores planteen sus preocupaciones sin temor a represalias.

“En industrias de bajos salarios, como la de la confección, el hecho de que los trabajadores se unan hace que los despidan”, dijo Marissa Nuncio, directora del Centro de Trabajadores de la Confección, una organización sin fines de lucro que sirve principalmente a inmigrantes de México y América Central.

Aunque las disparidades se están reduciendo en el condado de Los Angeles, algunas empresas siguen siendo inseguras y los posibles denunciantes no confían en que sus informes a la línea de denuncias del condado se lleven a cabo, añadió Nuncio.

“Seguimos recibiendo llamadas de miembros de nuestra organización que están enfermos, tienen COVID y están hospitalizados”, señaló Nuncio. “Y el lugar más obvio para que se hayan infectado es en su lugar de trabajo, porque no se están tomando precauciones”.

La reportera de datos Hannah Recht colaboró con esta historia.

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Insomnio, pérdida de cabello y rechinar de dientes: cómo superar el estrés pandémico

A fines de marzo, poco después que el estado de Nueva York cerrara negocios no esenciales y pidiera a la gente que se quedara en casa, Ashley Laderer comenzó a despertarse cada mañana con un terrible dolor de cabeza.

“Sentía que mi cabeza iba a estallar”, recordó la escritora de 27 años, residente de Long Island.

Laderer trató de pasar menos tiempo en la computadora y tomar analgésicos de venta libre, pero el dolor de cabeza aumentaba al ritmo de su preocupación por COVID-19.

Después de un mes y medio de dolor, Laderer hizo una cita con un neurólogo, quien ordenó una resonancia magnética. Pero el médico no encontró una causa física.

“Todos los días vivía con el temor de contraerlo e iba a infectar a toda mi familia”, dijo.

Entonces, me preguntó: ¿Estás bajo mucho estrés?

A lo largo de la pandemia, personas que nunca tuvieron el coronavirus reportan una serie de síntomas aparentemente no relacionados: dolores de cabeza insoportables, pérdida de cabello, malestar estomacal durante semanas, brotes repentinos de herpes zóster y de trastornos autoinmunes.

Los síntomas dispares, a menudo en personas sanas, han desconcertado a médicos y pacientes por igual, lo que a veces ha resultado en una serie de visitas a especialistas, sin encontrar respuestas. Pero resulta que hay un hilo conductor entre muchas de estas condiciones, uno que tarda meses en gestarse: el estrés crónico.

Después de un mes y medio de dolor, Ashley Laderer hizo una cita con un neurólogo, quien ordenó una resonancia magnética. Pero el médico no encontró una causa física.(Alissa Castleton)

Aunque las personas a menudo subestiman la influencia de la mente en el cuerpo, un gran número de investigaciones muestra que los altos niveles de estrés durante un tiempo prolongado pueden alterar drásticamente la función física y afectar a casi todos los sistemas del cuerpo.

Ahora, a unos ocho meses del comienzo de la pandemia, junto con un ciclo electoral divisivo y disturbios raciales, esos efectos se están manifestando en una variedad de síntomas.

“El componente de salud mental de COVID está impactando como un tsunami”, dijo la doctora Jennifer Love, psiquiatra de California y coautora de un libro de pronta publicación sobre cómo curar el estrés crónico.

A nivel nacional, encuestas han revelado tasas crecientes de depresión, ansiedad y pensamientos suicidas durante la pandemia. Pero muchos expertos dijeron que es demasiado pronto para medir los síntomas físicos relacionados, ya que generalmente aparecen meses después que comienza el estrés.

Aún así, algunas investigaciones preliminares, como un pequeño estudio chino y una encuesta en línea de más de 500 personas en Turquía, señalan un repunte.

En los Estados Unidos, un análisis de FAIR Health, una base de datos sin fines de lucro que brinda información sobre costos a la industria de la salud y a los consumidores, mostró aumentos leves a moderados en el porcentaje de reclamos médicos relacionados con afecciones desencadenadas o exacerbadas por el estrés, como la esclerosis múltiple y el herpes zóster.

La porción de reclamos por lupus, una enfermedad autoinmune, mostró uno de los mayores incrementos -12% este año- en comparación con el mismo período del año pasado (enero a agosto).

Express Scripts, una administradora de beneficios farmacéuticos, informó que las recetas de medicamentos para el insomnio aumentaron un 15% al ​​comienzo de la pandemia.

Pero quizás el indicador más fuerte proviene de los médicos que informan sobre un número creciente de pacientes con síntomas físicos para los que no pueden determinar una causa.

El doctor Shilpi Khetarpal, dermatólogo de la Clínica Cleveland, solía ver a unos cinco pacientes a la semana con pérdida de cabello relacionada con el estrés. Desde mediados de junio, ese número ha aumentado a 20 o 25. La mayoría de las mujeres, de entre 20 y 80 años, informan que pierden el cabello de a puñados, dijo Khetarpal.

En Houston, al menos una docena de pacientes le han dicho al doctor Rashmi Kudesia, especialista en fertilidad, que tienen ciclos menstruales irregulares, cambios en la secreción vaginal y sensibilidad en los senos, a pesar de presentar niveles hormonales normales.

El estrés también es el culpable al que apuntan los dentistas por el rápido aumento de pacientes con bruxismo y fracturas dentales.

“A nosotros, como humanos, nos gusta la idea de que tenemos todo bajo control y que el estrés no es un gran problema”, dijo Love. “Pero simplemente no es cierto”.

Cómo el estrés mental se vuelve físico

El estrés provoca cambios físicos en el cuerpo que pueden afectar a casi todos los sistemas del organismo.

Aunque los síntomas del estrés crónico a menudo se descartan como si estuvieran solo en la cabeza, el dolor es muy real, dijo Kate Harkness, profesora de Psicología y Psiquiatría en la Universidad Queens, en Ontario.

Cuando el cuerpo se siente inseguro, ya sea por una amenaza física de ataque o un miedo psicológico de perder un trabajo o contraer una enfermedad, el cerebro envía señales a las glándulas suprarrenales para que bombeen las hormonas del estrés.

La adrenalina y el cortisol inundan el cuerpo, activando la respuesta de lucha o escape. También interrumpen las funciones corporales que no son necesarias para la supervivencia inmediata, como la digestión y la reproducción.

Cuando pasa el peligro, las hormonas vuelven a niveles normales. Pero durante etapas de estrés constante, como una pandemia, el organismo sigue bombeando hormonas del estrés hasta que se cansa. Esto conduce a un aumento de la inflamación en todo el cuerpo y el cerebro, y a un sistema inmunológico deficiente.

Estudios relacionan el estrés crónico con enfermedades cardíacas, tensión muscular, problemas gastrointestinales e incluso encogimiento físico del hipocampo, un área del cerebro asociada con la memoria y el aprendizaje. A medida que el sistema inmunológico actúa, algunas personas pueden incluso desarrollar nuevas reacciones alérgicas, dijo Harkness.

La buena noticia es que muchos de estos síntomas son reversibles. Pero es importante reconocerlos temprano, especialmente cuando se trata del cerebro, dijo Barbara Sahakian, profesora de Neuropsicología Clínica en la Universidad de Cambridge.

“El cerebro es elástico, por lo que podemos modificarlo hasta cierto punto”, dijo Sahakian. “Pero no sabemos si hay un abismo más allá del cual no se pueda revertir un cambio”.

El impacto del día a día

De alguna manera, la conciencia sobre la salud mental ha aumentado durante la pandemia. Los programas de televisión están repletos de anuncios de aplicaciones para terapia y meditación, como Talkspace y Calm, y las empresas están anunciando días libres de salud mental para su personal.

Para Alex Kostka, el estrés relacionado con la pandemia le ha provocado cambios de humor, pesadillas y dolor de mandíbula.

Para Alex Kostka, el estrés relacionado con la pandemia le ha provocado cambios de humor, pesadillas y dolor de mandíbula.(Jordan Battiste)

Había estado trabajando en una cafetería de Whole Foods en la ciudad de Nueva York durante un mes antes que golpeara la pandemia, y de repente se convirtió en un trabajador esencial.

A medida que aumentaban las muertes en la ciudad, Kostka continuó viajando en metro al trabajo, interactuando con compañeros en la tienda y trabajando más horas por un aumento salarial de solo $2 por hora. (Meses después, recibiría un bono de $ 500). El joven de 28 años comenzó a sentirse sintiéndose inseguro e indefenso.

“Era difícil no quebrarme en el metro”, dijo Kostka.

Pronto comenzó a despertarse en medio de la noche con dolor por apretar la mandíbula con fuerza. A menudo, sus dientes rechinaban tan fuerte que despertaba a su novia.

Kostka probó Talkspace, pero descubrió que enviar mensajes de texto sobre sus problemas era algo impersonal. A fines del verano, decidió empezar a utilizar las siete sesiones de asesoramiento gratuitas que le ofrecía su empleador. Eso ha ayudado, dijo. Pero a medida que se agotan las sesiones, le preocupa que los síntomas vuelvan a aparecer si no puede encontrar un nuevo terapeuta cubierto por su seguro.

“Eventualmente, podré dejar esto atrás, pero tomará tiempo”, dijo Kostka.

Cómo mitigar el estrés crónico

Cuando se trata de estrés crónico, consultar a un médico por dolor de estómago, dolores de cabeza o erupciones cutáneas puede abordar esos síntomas físicos. Pero la causa principal es mental, dicen expertos.

Eso significa que la solución a menudo implicará técnicas de manejo del estrés. Y hay muchas cosas que podemos hacer para sentirnos mejor:

Ejercicio. Incluso la actividad física de intensidad baja a moderada puede ayudar a contrarrestar la inflamación en el cuerpo inducida por el estrés. También puede aumentar las conexiones neuronales en el cerebro.

Meditación y atención plena. La investigación muestra puede conducir a cambios positivos, estructurales y funcionales en el cerebro.

Conexiones sociales. Hablar con familiares y amigos, incluso virtualmente, o mirar fijo a los ojos de una mascota puede liberar una hormona que ayuda a contrarrestar la inflamación.

Aprender algo nuevo. Ya sea que se trate de una clase formal o de un pasatiempo informal, el aprendizaje apoya la elasticidad cerebral, la capacidad de cambiar y adaptarse como resultado de la experiencia, lo que puede proteger contra la depresión y otras enfermedades mentales.

“No debemos pensar en esta situación estresante como algo negativo para el cerebro”, dijo Harkness. “Debido a que el estrés cambia el cerebro, eso significa que las cosas positivas también pueden cambiarlo. Y hay muchas cosas que podemos hacer para sentirnos mejor frente a la adversidad “.

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